Imagina un gestor de carteras sentado frente a pantallas iluminadas por gráficos que se mueven constantemente. Cada vela japonesa, cada rebote, encierra una oportunidad de valor para quien dispone de las herramientas y el conocimiento necesarios. En este artículo exploramos cómo la gestión activa persigue un objetivo ambicioso: superar la media del mercado y recuperar la alfa que a menudo parece escurrirse entre los dedos de los inversores.
La gestión activa de carteras se distingue por un enfoque proactivo donde los gestores toman decisiones de inversión diarias. Su propósito principal es identificar títulos infravalorados y sobrevalorados, aprovechando ineficiencias de precio para generar rentabilidades superiores a las de un índice de referencia. Este proceso combina análisis fundamental—estudio de estados financieros y expectativas macroeconómicas—con modelos cuantitativos avanzados.
Contrario a la gestión pasiva, que se centra en replicar un índice con mínima intervención, la gestión activa asume costos elevados y mayor riesgo de concentración. Sin embargo, para inversores dispuestos a arriesgar el statu quo y apostar por la experiencia especializada, promete la posibilidad de obtener un rendimiento adicional, conocido como alfa.
Para alcanzar la alfa deseada, los gestores emplean múltiples estrategias adaptadas al entorno de mercado y al perfil de riesgo. A continuación, presentamos las más relevantes:
El éxito de este enfoque radica en un proceso metódico que guía al gestor desde el diagnóstico inicial hasta la evaluación de resultados:
Entender las diferencias esenciales permite evaluar qué enfoque se adapta mejor a cada inversor. A continuación, una comparación aplicada:
A pesar de la sofisticación, numerosos estudios demuestran que muchos fondos activos no logran generar alfa neto de costos. Este fenómeno, conocido como fenómeno de alfa perdida, se explica por varios factores:
En primer lugar, los gastos de investigación y comisiones de transacción reducen los retornos brutos. Un fondo activo típico puede incurrir en costes de entre 0.5% y 2.5% anuales, frente a entre 0.05% y 0.50% de un fondo pasivo. En segundo lugar, los sesgos conductuales—como exceso de confianza o aversión a realizar pérdidas—pueden llevar a decisiones subóptimas.
Además, la alta eficiencia de los mercados dificulta la identificación de ineficiencias de precio. Para generar alfa sostenible, los gestores deben combinar disciplina táctica constante y rigurosa, acceso a datos en tiempo real y una estructura de costos optimizada que justifique el valor añadido.
Para combatir la alfa perdida, los equipos gestores y las firmas pueden implementar acciones concretas:
De cara a los próximos años, la gestión activa seguirá evolucionando bajo el impulso de la tecnología y la demanda de sostenibilidad. La inteligencia artificial y el big data permitirán anticipar movimientos de gran alcance y ajustar posiciones con mayor precisión.
Los criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) se integrarán como estándar en los procesos de selección, combinando rentabilidad y responsabilidad. Asimismo, la oferta de productos de seguro indexado y anualidades continuará expandiéndose, proporcionando mecanismos de protección adicional al inversor.
En conclusión, aunque la alfa perdida representa un reto real, la gestión activa conserva su atractivo para quienes buscan rentabilidades superiores y sostenibles. Con disciplina, innovación tecnológica y un enfoque centrado en el cliente, es posible redescubrir el camino hacia la creación de valor y recuperar la alfa que en un principio parecía inalcanzable.
Referencias